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Pasamos una gran parte de nuestras vidas en el interior de nuestras casas, en el trabajo y en la escuela o en las tiendas y restaurantes, respirando un aire potencialmente contaminado por una amplia gama de sustancias de origen natural y artificial. La calidad del aire interior que respiramos tiene un efecto directo sobre nuestra salud.
A raíz de la pandemia de coronavirus, se ha evidenciado la importancia de una buena calidad del aire interior, siendo un factor determinante a la hora de prevenir la transmisión de enfermedades por el aire.
Existen muchas definiciones de bienestar, pero todas tienen en común el hecho de sentirse y funcionar bien. El Wellbeing Institute de la Universidad de Cambridge define el bienestar como "las características positivas y sostenibles que permiten a los individuos y a las organizaciones prosperar y desarrollarse". Es una medida subjetiva de lo cómodos que estamos en nuestra situación actual y con nuestra vida en general.
Por otro lado, la definición de salud engloba el bienestar, pero en este contexto se refiere a las enfermedades y afecciones que nos provocan malestar físico, como infecciones, alergias, cansancio, dolores de cabeza y problemas respiratorios, cutáneos o de visión.
La calidad del aire interior viene determinada por las condiciones ambientales y la cantidad de partículas y gases contaminantes que contiene. El origen de estos gases y partículas es muy variado, pues hoy en día, especialmente en los países más desarrollados, existe un elevado número de fuentes de contaminación del aire.
Entre las fuentes comunes de contaminantes en el aire interior se encuentran las siguientes
Contaminación biológica: hongos y bacterias causados por la condensación y los materiales húmedos, ácaros del polvo y polen del aire exterior.
Contaminación biológica procedente de seres humanos y animales: microbios de origen humano, por ejemplo, procedentes de estornudos y tos; excrementos y detritus de aves, roedores y cucarachas.
Compuestos orgánicos volátiles (COV), ozono (O3) y partículas procedentes de productos industriales y domésticos: pinturas, disolventes, ceras y abrillantadores, ambientadores, limpiadores de desagües, impresoras y fotocopiadoras, perfumes, jabones, materiales de escritura y dibujo, productos de papel, alimentos cocinados, tabaco y productos de vapeo.
Contaminantes del tráfico y de la industria procedentes del exterior: partículas procedentes de los tubos de escape de vehículos y de las fábricas, y contaminación gaseosa como el dióxido de nitrógeno (NO2), el monóxido de carbono (CO) o el dióxido de azufre (SO2).
El clima interior está relacionado con la temperatura, la humedad relativa y el flujo de aire. Éstos, a su vez, se ven afectados por las fuentes de calor y refrigeración interiores, las condiciones ambientales exteriores, la cantidad de luz solar y el diseño del edificio, así como el sistema de calefacción, ventilación y aire acondicionado.
La mala calidad del aire puede causar una amplia gama de efectos negativos en las personas, como síntomas médicos, una menor sensación de bienestar y una disminución del rendimiento en un entorno de trabajo o aprendizaje.
El efecto resultante de cualquier contaminante depende de múltiples factores, como la concentración del mismo, la duración de la exposición, la edad, el sexo, la sensibilidad y la salud general de las personas expuestas.
A continuación se indican los efectos de algunos de los contaminantes típicos de interiores:
Partículas: enfermedades respiratorias, incluyendo asma y bronquitis a corto plazo y enfermedades cardíacas y pulmonares a largo plazo, y también ansiedad y trastornos hipertensivos.
Ozono: asma, irritación de los ojos, la nariz y las vías respiratorias y daños en las vías respiratorias por la exposición a largo plazo.
COVs como el formaldehído: irritación de ojos, nariz y garganta, dolor de cabeza y reacciones alérgicas en la piel, cáncer
Monóxido de carbono: dolor de cabeza, mareos, náuseas e, incluso, la muerte.
Estos contaminantes presentes en el aire pueden reducirse por medio de distintas vías:
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